Murió Fernando De la Rúa: una presidencia marcada por la crisis, el ajuste y una huída en helicóptero

julio 9, 2019 09:52

Se formó en el balbinismo, fue senador, diputado, jefe de Gobierno y en 1999 derrotó al PJ en las elecciones presidenciales. Dejó el poder dos años más tarde, con una represión que dejó 39 muertos en las calles y que marcó el final de su vida política.

Fue uno de los líderes históricos del radicalismo en el Siglo XX. Uno de los cinco que llegaron al poder del Estado, como ya lo habían hecho Hipólito Yrigoyen, Marcelo T. de Alvear, Arturo Umberto Illia y Raúl Alfonsín. Y aunque la conclusión de su gobierno (1999-2001) fue devastadora para el país y su propia figura política, había representado una ilusión para la sociedad argentina.

Fernando De la Rúa se inició en la vida política en facción interna «Línea Nacional», que reconocía como líder a Ricardo Balbín. El dirigente platense había permanecido diez meses preso en la cárcel de Olmos durante el gobierno de Perón –por la Ley de Desacato- y tras su apoyo al golpe de la Revolución Libertadora en 1955, poco después tomaría el liderazgo del partido. Lo mantendría hasta su muerte, en 1981.

Se destacaba como un dirigente moderno entre aquellos radicales formados en la lucha contra el peronismo, que trasegarían durante décadas en la historia del partido. Junto a hombres de la «vieja guardia» de la Línea Nacional, como Juan Carlos Pugliese, Carlos Perette, Antonio Tróccoli, César García Puente o Carlos Contín, al joven De la Rúa se lo caracterizaba como el «John Kennedy argentino», a favor de su indubitable proyección política.

Recogía la tradición de «sabattinismo» del radicalismo cordobés, a la vez que se asentaba a nivel nacional junto al balbinismo.

Nació el 15 de septiembre de 1937 en Córdoba. Estudió en el Liceo Militar General Paz. Era católico. Era abogado, graduado con honores a los 21 años en la Universidad Nacional de Córdoba, netamente republicano, y de familia política militar.

Conoció a Inés Pertiné en 1966 en un día de campo, en la estancia de su amiga y compañera del colegio Asunción (hoy San Martín de Tours), Magdalena Estrugamou, heredera de la familia del reconocido palacio.

Pertiné era nieta, sobrina y hermana de militares, hombres bendecidos con cargos ministeriales, diplomáticos, casi todos ellos en regímenes de facto. La relación prosperó. Se casaron el 15 de diciembre de 1970 en la iglesia del Pilar. Agustina, Antonio y Fernando son los hijos del matrimonio.

Todo ese magma familiar político e ideológico, que representaba con un sesgo personal de moderación y prudencia, al punto de mostrarse a menudo distante de la pasión política más descarnada, lo consolidaría como dirigente en las filas del radicalismo.

Una promesa política que tomaría impulso el 15 de abril de 1973 en su primera batalla electoral.

Para entonces, Balbín ya había derrotado a Raúl Alfonsín en las internas del partido en 1972, pero había sido doblado en votos por Héctor Cámpora en las elecciones por la Presidencia de marzo del año siguiente.

Pese a que al candidato de Perón le había faltado un puñado de votos para obtener el 50% y ganar en la primera vuelta, Balbín desistió de una nueva contienda. El radicalismo parecía atrapado debajo un techo del 25 por ciento. Ni siquiera Arturo Umberto Illia, en su victoria electoral de 1963, con la que obtuvo la Presidencia, pudo superar ese umbral.

Ahora las expectativas de la UCR estaban centradas en la segunda vuelta para la elección de 12 gobernadores y 14 senadores nacionales. En el distrito Capital, por primera vez la UCR presentaba a su «candidato joven», De la Rúa. Tenía 35 años. Era su primer desafío electoral en el marco del aluvión que significó el regreso del peronismo al poder, tras 17 años de proscripción.

De la Rúa había cosechado méritos, pero también era cierto que los históricos de la Línea Nacional prefirieron no presentarse ante la certeza de la derrota. Todo hacía prever que en la Capital Federal las urnas volverían a estallar a favor del peronismo.

De algún modo, Perón ayudó a De la Rúa para su victoria. Pensó que un candidato nacionalista, católico y conservador podría seducir al electorado porteño. Eligió a Marcelo Sánchez Sorondo -hijo de un ministro de Interior del general José Felix Uriburu, de connotaciones fascistas-, y creador del semanario Azul y Blanco, de notable difusión en la década del sesenta.
Y de este modo, frente a su rival, De la Rúa se transformó en un candidato en apariencia progresista, que obtuvo el 54%, casi un millón de votos. Fue la única victoria radical en todo el país.

De la Rúa no tenía la exaltación ni la estética de aquellos jóvenes radicales de la Junta Coordinadora aunados detrás del liderazgo de Alfonsín, pero frente a las voluntades conservadoras –y en, muchos casos, de visible ADN antiperonista- de la Línea Nacional era claramente una figura renovadora.
Era moderado y prudente, lo cual significaba una antítesis para la época, pero tampoco al punto de repudiar la ola en favor de la «liberación nacional» que acompañaba la mayoría del pueblo argentino con el voto al peronismo.

Aún más: en la noche de su victoria de abril, prometió que ejercería desde el Senado un control democrático, pero no obstaculizaría los proyectos populares que llegaran del Ejecutivo.

Esto se advirtió en la madrugada del 27 de mayo de 1973: De la Rúa votó por la liberación de los presos políticos. Había sido su promesa de campaña y la cumplió.

Su buena estrella electoral hizo que Balbín lo subiera a su fórmula pocos meses después, cuando debió enfrentar a Perón y a su esposa Isabel. La de la UCR fue casi una fórmula testimonial. Perón-Perón venció con el 62%.

No tuvo participación protagónica en aquel período de violencia previo a la dictadura militar. No reclamaba represión contra «la guerrilla fabril» del cordón industrial –como sí lo hacía Balbín-, y durante la dictadura bajó aún más su perfil político. Fue empleado como abogado del Grupo Bunge&Born.

Muerto Balbín en 1981, emergió como referente protagónico de la Línea Nacional, pero después de la derrota de Malvinas el alfonsinismo fue construyendo un fenómeno político, que fue imparable no sólo para él sino para el propio peronismo, al que derrotaría por primera vez en elecciones libres, sin proscripciones.

De la Rúa no pudo heredar el liderazgo de Balbín. La época no lo acompañó. Si bien había entendido y representado los intereses tanto de la franja conservadora moderada como de sectores de la clase media progresista, el electorado buscaba un líder con un carácter más definido y más expresivo para salir de la dictadura militar; que pudiera demostrar firmeza tanto frente a los militares como frente al peronismo que había desparramado la violencia interna en su precedente período de gobierno. Y ese hombre fue Alfonsín.

El linaje militar de su familia política –compuesta por el general Basilio Pertiné y su hijo el almirante Basilio Pertiné, suegro de De la Rúa- no lo ayudaba para un discurso más enérgico frente a los genocidas que cedían el poder tras la contienda bélica. El apellido Pertiné le había resultado una coraza para atravesar sin sobresaltos la dictadura militar, pero no resultaba confiable para los nuevos tiempos.

Las críticas de De la Rúa a los militares habían sido moderadas, de tono bajo, casi inaudibles, frente a la masacre. Ser un hombre de centro, en este caso, no lo favoreció en la apertura democrática.

Alfonsín le ganó la interna radical con facilidad, distrito a distrito, una interna que lo proyectó como candidato presidencial.

La posibilidad de una fórmula Alfonsín-De la Rúa no prosperó en las negociaciones iniciales. Cada uno construyó su propio sendero en la historia del radicalismo, y los dos llegaron a la Presidencia, con finales dramáticos, pero la rivalidad histórica entre ambos, durante tres décadas, se mantendría inalterable.

Afiche de campaña de 1983, con De la Rúa como primer candidato a senador

De la Rúa volvió al Senado en 1983 y respetó disciplinadamente cada proyecto del Ejecutivo. Negoció, buscó acuerdos con la oposición en designaciones de jueces y ascensos de militares, y apoyó, no podía ser de otro modo, la ley de Punto Final y Obediencia Debida impulsada por el Ejecutivo.

En un país derrumbado por la crisis de la deuda externa y la hiperinflación, no se proyectó para una elección presidencial. Ningún radical tendría posibilidades de triunfo en la Argentina del ’89. Pero, como todo el partido, apoyó a Eduardo Angeloz, que fue derrotado por Menem.

La alianza de la UceDé y el PJ en el Colegio Electoral lo privaron de continuar en el Senado en 1989, pero volvería al Congreso como diputado dos años más tarde.

En ese momento, De la Rúa ya era titular del Comité Capital, con un perfil bien diferenciado de la Coordinadora radical. Tenía un electorado consolidado entre los porteños. Fue electo senador otra vez en 1993 y luego presentaría su oposición al Pacto de Olivos, su oposición frontal a Alfonsín y a la reforma constitucionalque, con la cláusula reeleccionista, permitiría otro mandato de Menem. La UCR ya perdía terreno frente a la emergencia del FREPASO. Y De la Rúa se sumó a las voces que reclamaron la renuncia de Alfonsín a la conducción del partido, finalmente consumada, que inauguró un período de anarquía para la UCR.

Con la reforma constitucional de 1994, Buenos Aires logró su autonomía como distrito federal, y De la Rúa quedó como el candidato mejor proyectado para ganar la Ciudad. Ahora tenía que enfrentar a una fuerza nacional progresista, consolidada como la primera oposición al menemismo: el FREPASO, que venía avanzado con victorias consecutivas. El nuevo hombre de los porteños era el peronista disidente Chacho Álvarez.
Pero en la batalla electoral por la Capital no habría escollos para De la Rúa. Alcanzaría el 40% que le bastó para superar el 26% del socialista del FREPASO Norberto La Porta. Fue su primer cargo Ejecutivo. Jefe de Gobierno casi a los 60 años.

De la Rua junto al ex presidente Raul Alfonsin, el ex diputado Rafael Pascual y el ex ministro Federico Storani, en un homenaje a 20 años de la muerte de Balbín

La Ciudad fue un lugar cómodo. De la Rúa podía acompañar la ola opositora contra el menemismo y a la vez distinguirse, pero no excluirse, del movimiento transversal que urdían frepasistas y radicales en los orígenes de la Alianza, cuando se presentaron por primera vez en un acuerdo en la confitería «El Molino».

La pretensión de unir a progresistas del peronismo y el radicalismo, más sectores de izquierda independiente, para presentarse como una opción política alternativa y viable frente al menemismo, no encandiló a De la Rúa.

La Capital Federal, mejor dicho, su jefatura de gobierno, sostenía su propio capital político. Sin embargo, cuando la unidad progresó y se consolidó como tal, con una foto en la casa de Raúl Alfonsín en agosto de 1997, apareció junto a Chacho Álvarez, Graciela Fernández Meijide y Rodolfo Terragno. Todavía no se podía prever cuál de los Cinco Fundadores emergería como líder de un futuro gobierno. Los unía el mismo enemigo: Menem.

Reelecto en 1995, su segunda presidencia fue dejando flancos abiertos. La revelación de casos de corrupción, mafias políticas apañadas por el Estado, el crimen del fotógrafo José Luis Cabezas y los múltiples funcionarios procesados –aún con la protección de jueces federales- le hicieron perder credibilidad a su gobierno.

La unidad entre la UCR y el Frepaso parecía un bloque electoral difícil de romper. La UCR ofrecía el territorio, los caudillos, las parroquias, una maquinaria electoral aceitada. El Frepaso ofrecía el discurso renovador, la alternativa al «hastío moral» gestado por el menemismo, con las privatizaciones, la desocupación, y el estancamiento económico.

La imagen de De la Rúa estaba asentada en el contraste del exhibicionismo de «nuevo rico» que irradiaba el menemismo. La austeridad, la moderación y la transparencia ahora eran cualidades valoradas. Pero antes faltaba ganar la competencia interna en la Alianza. Y aquí el radicalismo aprovechó su despliegue territorial.

De la Rúa, que triunfó de forma sencilla frente a Rodolfo Terragno en la interna radical, luego enfrentó a Graciela Fernández Meijide, que venía de vencer al duhaldismo en la provincia de Buenos Aires en 1997.
Fernández Meijide era la figura política del año.

Sin embargo, pasados los meses, en noviembre de 1998, la victoria de De la Rúa fue de tal magnitud que prefirieron abandonar el conteo para dar imagen de «unidad» a la Alianza, y no erosionar a Fernández Meijide, ahora proyectada para la gobernación de Buenos Aires en 1999.

En la campaña por la Presidencia, la Alianza había logrado reunir el apoyo de una alquimia de personalidades que encontraban en la oposición a Menem su punto de equilibrio: Patricia Bullrich, Diana Conti, Hernán Lombardi, Torcuato Di Tella, Nilda Garré, Darío Lopérfido, Beatriz Sarlo… marcaban el pulso, la necesidad del cambio.

Menem estiró la posibilidad de una nueva reelección, tensó la interpretación de la Constitución Nacional y el escenario político; sólo parecía interesado en presentar obstáculos a la fórmula de Eduardo Duhalde y Palito Ortega. El peronismo, diferenciado del menemismo, no logró conformar una propuesta electoral confiable.

La Alianza ganó sin sobresaltos. Obtuvo el 48,5% de los votos. La fórmula mostraba a los dos vencedores de la Alianza. La autoridad de De la Rúa y a Chacho Álvarez, el arquitecto de la coalición política.

Para De la Rúa significaba llegar a la cima tras casi cuarenta años de carrera política, como senador, diputado y jefe de gobierno. El 10 de diciembre de 1999 juró como Presidente. Había llegado su hora. Aquel «Kennedy argentino» de los sesenta llegaba al poder al filo del siglo XXI. Era la promesa del cambio. La expectativa era alta, porque también el desencanto con el menemismo también lo era.

Pero la paciente carrera del candidato se convirtió en impaciencia. Ya en el verano del 2000 comenzó a advertirse que la moderación y la prudencia que había guiado su vida política, ahora se asociaba a la indecisión, la inacción, incluso la apatía. Como si el poder le resultara ajeno, o pesara, y lo condujera a recluirse a un sistema de decisiones lento, cerrado a su familia y a su círculo íntimo.

Los semanarios políticos quizá prematuramente, expresaron su queja con su forma de gestionar sus primeros dos meses de gobierno. Con el título «Basta de siesta», Noticias mostraba un photoshop de De la Rúa en pijama, durmiendo sobre una almohada, y La Primera, con su tapa «El país paralizado», mostraba a un Presidente también falto de energía.

La realidad argentina era mucho más compleja que las promesas electorales de austeridad o la pretensión marketinera de mostrar al Presidente como un hombre común que llegaba al poder del Estado, con un camino lineal y legítimo.

El déficit fiscal creciente, una deuda externa que llegaba los 140 mil millones de dólares y la presión de los acreedores del FMI, del Banco Mundial, y el agujero negro que había dejado el menemismo en la vida cotidiana –con la pérdida de empleo, el empobrecimiento y la deficiente infraestructura- escapaban a las soluciones discursivas de la Alianza.

De la Rúa, además, quedó prisionero de la convertibilidad, que llevaba ya una década, y requería dólares de las cada vez más esquilmadas reservas del Banco Central. La devaluación no estaba en su proyecto –ni siquiera en una porcentual mínimo- ni lo estaría jamás. El 1 a 1 lo acompañaría hasta el día de su renuncia.

La crisis política que produjo la renuncia de Chacho Álvarez en octubre de 2000 –por el escándalo de corrupción en el Senado de «la Banelco»-, fue erosionando a la Alianza. Luego sobrevendría la etapa de mayor ajuste y mayor endeudamiento, y como consecuencia, mayor ahogo social. Así fueron eyectados ministros como Ricardo López Murphy, que permaneció sólo dos semanas en su cargo, y Patricia Bullrich, sacrificados de sus carteras de Economía y Trabajo por sus políticas de recorte presupuestario, frente al contrapeso que intentaba interponer la UCR al Gobierno. De la Rúa perdía orientación.

La designación de Domingo Cavallo, ministro-emblema del menemismo, ahora como Superministro desde marzo de 2001, dejaba en evidencia que la Alianza, si todavía existía, navegaba sin rumbo. De la Rúa incluso no participó de las elecciones de octubre de 2001: las dejó libradas al azar. El voto en blanco, o «voto clemente», expresaba la insatisfacción del electorado.

El vacío político, su encierro, en paralelo a la crisis económica, y sobre todo, el cierre del financiamiento externo y la financiación de las obligaciones crediticias, fueron minando las últimos semanas. De la Rúa ya no tenía ninguna protección en los medios, ni en sus apariciones televisivas. Sus estrategas mediáticos –el grupo Sushi- lo había abandonado, el partido no lo quería, el FREPASO no participaba en el poder, la Alianza se había deslegitimado, y De la Rúa quedó expuesto, solo, desnudo, sin red, casi como el final previsible de un camino elegido.

La imposición del «corralito» por parte de Cavallo, el primero de diciembre, con el bloqueo de los salarios y el ahorro de los argentinos, aceleró el final. De la Rúa se fue del poder el 20 de diciembre de 2001, con una represión que dejó 39 muertos en las calles y que marcó el final irreversible de su vida política.

Fuente: Telam

julio 9, 2019 09:52
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