“El dolor ajeno no se opina, se acompaña”
“El dolor ajeno no se opina, se acompaña”, hay dolores que no tienen nombre, y hay silencios que dicen más que mil palabras. Lo ocurrido el pasado lunes en la Residencia La Sabiduría no fue solo un accidente; fue un quiebre en el alma de varias familias. Hoy, mientras el humo se disipa, queda al descubierto una realidad que muchos prefieren no mirar: la de quienes aman hasta el límite de sus fuerzas y la de quienes cuidan cuando el mundo mira hacia otro lado, empieza la carta que escribió un familiar de la residencia.
Es fácil juzgar desde la vereda de enfrente. Es sencillo lanzar frases como «abandono» o «comodidad» cuando no se sabe lo que es convivir, durante décadas, con el fantasma de una enfermedad psiquiátrica severa. Quienes señalan con el dedo no conocen el peso del miedo constante, el nudo en la garganta ante cada crisis o la decisión desgarradora de aceptar que el amor, por sí solo, no basta para garantizar la seguridad de quien más queremos.
La Sabiduría no era un depósito de abuelos; era un refugio. Un lugar donde a nuestro padre lo llamaban por su nombre, donde los días difíciles se enfrentaban con un abrazo y donde la dignidad era la prioridad. El lunes, en medio del fuego, vimos la verdadera cara de ese compromiso: vimos a empleados, vecinos y a los propios dueños arriesgar su vida para salvar a los que allí habitaban. Eso no se hace por un contrato; se hace por familia.
Hoy lloramos a dos abuelas que ya no están. Sus nombres y sus historias merecen un respeto que el juicio liviano les está robando. Pero también escribimos para denunciar una soledad más profunda: la ausencia de un Estado y de políticas públicas que acompañen la salud mental. Las familias no «eligen» estas instituciones por descarte; llegan a ellas cuando el sistema de salud les ha cerrado todas las puertas y el cuidado en soledad se vuelve una batalla imposible de ganar.
A quienes juzgan, les deseamos de todo corazón que nunca tengan que elegir entre el amor y la seguridad. A quienes acompañan, les agradecemos el silencio respetuoso.
Porque la salud mental no es una cuestión de voluntad individual, sino una responsabilidad colectiva que hoy nos ha dejado una herida abierta. El dolor ajeno no se opina, se acompaña. Hoy solo pedimos eso: humanidad, empatía y memoria.
Foto: Claudia Bilbao
