¿Corte de cintas o parches para el invierno? El microclima olavarriense entre el relato y la billetera
Hay semanas donde la gestión local se parece demasiado a una coreografía de living: todo luce ordenado, pintado y reluciente para la foto, pero basta levantar un poco la alfombra para que cruja el piso real. Olavarría acaba de transcurrir siete días a puro acting oficial, un desfile de inauguraciones, convenios resucitados y operativos de «solidaridad» institucional que, mirados con el ojo afilado de quien no se compra los gacetines de prensa, dejan más dudas que certezas sobre cómo se va a capear el temporal económico que se viene.
Arranquemos por el plato fuerte de la propaganda municipal: la salud pública. La gestión de Maximiliano Wesner se anotó un poroto con la inauguración del flamante «Quirófano 6» en el Hospital Municipal «Dr. Héctor Cura», destinado a urgencias de baja complejidad y cesáreas. El anuncio vino con el combo completo: discursos sobre el «parto respetado», circulación diferenciada para los familiares y la épica de haber saldado un reclamo histórico de los profesionales. Hermoso. Lo que el relato oficial prefiere poner en sordina es el trasfondo del asunto. Dos días después, la ciudad fue anfitriona del Consejo Regional de Salud tras ocho años de ausencia. Allí, entre mate y diagnóstico, los funcionarios bonaerenses y el propio intendente tuvieron que confesar la cruda realidad: los hospitales están al borde del estrangulamiento presupuestario por los recortes nacionales, los insumos y medicamentos están por las nubes y el invierno amenaza con saturar las guardias. O sea, abrimos un quirófano pero rezamos para que la provincia mande gasas y que el sistema no se caiga a pedazos antes de que caiga la primera helada fuerte. Para colmo de males, desde Osecac Olavarría ya abrieron el paraguas y se declararon en alerta por el desfinanciamiento crónico de las obras sociales. La salud local es un barco reluciente que navega en un océano de deudas.
Mientras tanto, en el Palacio San Martín descubrieron que existían las tasas rurales. Con bombos y platillos, la Jefa de Gabinete, Mercedes Landívar, y el secretario de Obras Públicas, Orfel Fariña, reflotaron la «Comisión para Obras de Infraestructura Rural». Una genialidad de la burocracia: el espacio fue creado por ordenanza en 2017 pero nunca se había usado en serio. Ahora, justo en plena cosecha gruesa, se apuraron a sentar a la Mesa Agropecuaria para mostrarles filminas sobre cómo se gasta el Fondo de Infraestructura Rural y prometerles que andan 14 motoniveladoras dando vueltas por el partido. ¿El dato de color? Aprovecharon para avisar que el Intendente firmó un convenio con la Autoridad del Agua que le da el poder al Municipio de controlar y denunciar canales clandestinos e hidráulicas no declaradas. Traducido al criollo: «les arreglamos los caminos para la cosecha, pero ojo que les vamos a empezar a mirar los campos con lupa». El campo, agradecido pero desconfiado, sabe que en política los mimos estatales suelen venir con la boleta de ARBA abajo del brazo.
En el plano institucional y comunitario, la semana pasada fue el festival de la contención social «low-cost». Se lanzó la primera fase del «Operativo Frío», una colecta solidaria articulada con 40 instituciones locales para juntar ropa de abrigo, frazadas y calzado para los sectores vulnerables. La iniciativa es loable, pero desnuda una alarmante falta de recursos propios de la comuna para asistir la emergencia social, teniendo que recaer en la buena voluntad de las sedes vecinales y religiosas para el acopio. Eso sí, el intendente no pierde el tiempo y usa sus redes sociales (en este caso Threads) para tirarle munición gruesa a Javier Milei por el proyecto de ley que busca achicar la «Zona Fría» y quitar los subsidios al gas natural.
Wesner tiró números al asfalto: denunció que si se aprueba la reforma en el Senado, dejarían de circular unos 400 millones de pesos mensuales en el consumo y comercio local de Olavarría. Una jugada previsible: si la frazada municipal no alcanza, la culpa siempre es del frío que mandan desde la Casa Rosada.
Por el lado de los gremios, el Centro Empleados de Comercio (CECO) demostró que sigue teniendo músculo propio y billetera autónoma. En un contexto que el histórico Miguel Santellán calificó como «absolutamente adverso», el sindicato inauguró dos nuevos edificios sobre la calle Coronel Suárez: un Gimnasio Integral y la sede del Centro de Jubilados Mercantiles. Un cachetazo de realidad para la gestión política tradicional: mientras el Estado municipal debate cómo financiar parches hidráulicos en el barrio Independencia desenterrando raíces de árboles que tapan caños históricos, el gremio comercial compra inmuebles, los reforma a nuevo y mete servicios de masoterapia y nutrición para sus afiliados. La política mira de reojo cómo la corporación sindical le gana la carrera de la infraestructura urbana.
Para matizar tanta rosca y malaria, la semana nos dejó dos caricias al orgullo local que el oficialismo no tardó en capitalizar para la foto de rigor. Primero, la recepción en el Palacio Municipal a Fátima Andino Mazza, la brillante estudiante de la Escuela Cristiana Evangélica que armará las valijas para cursar un exigente programa preuniversitario en la Universidad de Harvard. Wesner la sentó en la Sala de Reuniones, le agradeció la visita y la usó de «ejemplo y estímulo» para la juventud. Y segundo, el fin de semana de gloria deportiva: el olavarriense Federico Chingotto barriendo la final del Premier Padel en Buenos Aires junto a Ale Galán ante más de 14 mil personas, y el palista Agustín Vernice metiéndose otra vez en la final A de la Copa del Mundo de canotaje en Alemania. Éxitos puros, genuinos y privados que le sirven al microclima de la ciudad para inflar el pecho y, de paso, tapar por unos días el ruido de la motosierra y la llegada inminente de las facturas de gas con aumento.
